vie
15
oct
2010
David Gomez Politologo
ALCOHOL Y JUVENTUD: ¿un futuro prendido?
David Gómez
Politólogo, Especialista en Análisis de Políticas Públicas U.N.
Luego de que varias personas han perdido sus vidas en accidentes de tránsito se viene presentando un necesario debate sobre las consecuencias del consumo de alcohol en los conductores, tema que genera inquietudes en la Corporación Nuevo Ciudadano. Este problema está ganando relevancia en los medios de comunicación y llama la atención sobre dos puntos.
El primero de ellos es el problema del consumo indiscriminado del alcohol que viene causando estragos en la seguridad de las noches que han visto fallecer a varias personas por causa de conductores que irresponsablemente conducen alicorados. Es importante tener en cuenta que los conductores no son las únicas personas que pueden representar peligro para los demás y para sí mismos en estado de embriaguez: podemos pensar por ejemplo en los portadores (legales e ilegales) de armas o en personas propensas a la violencia doméstica.
Claro es que no se puede ligar en todos los casos el alcohol con amenazas de seguridad pues una mayoría de personas lo consumen con responsabilidad. A pesar de ello hay grupos que no lo hacen así y es específicamente sobre uno de ellos que surge la reflexión: los jóvenes.
Atendiendo a la noticia publicada en el diario El Tiempo “Niños empiezan a beber a los 10 años” del 3 de Octubre considero importante abrir el debate del alcoholismo mas allá de los conductores para comenzar a darnos cuenta de que es un fenómeno más importante de lo que pensábamos. Datos alarmantes presenta la noticia, por ejemplo que “los niños están empezando a beber a los 10 años y a las niñas a los 11 años; este promedio de edad, valga decirlo, tiende a bajar en ciudades como Bogotá, Medellín y Tunja”.
Sobre esta práctica, que como sabemos es bastante difundida, es importante resaltar que tiene efectos nocivos para el cerebro y en ocasiones lleva a problemas sociales como la vulnerabilidad para iniciar el consumo de estupefacientes o estimular en algunos jóvenes el uso de la violencia. Este problema se suma a la falta de oportunidades, la inseguridad, la exclusión y otros problemas que hacen de los infantes y adolescentes un grupo poblacional que requiere mucha atención dentro de parte de quienes estamos interesados en la mejoría de la sociedad.
El segundo punto se orienta hacia el “santanderismo” que es la costumbre de hacer más leyes de las que se cumplen creyendo que con eso se solucionarán los problemas de la sociedad y no es así. En cuanto al tema tratado hay que afirmar que las leyes que hay son suficientes, pero no se han aplicado: el consumo de licor por parte de jóvenes es prohibido por la ley 124 de 1994, la misma que prohíbe que se les venda licor en establecimientos y que ordena que los menores que sean encontrados consumiendo alcohol sean llevados con sus acudientes a cursos de prevención del alcoholismo con Bienestar Familiar; adicionalmente la renombrada ley de infancia y adolescencia busca la protección de los jóvenes frente al alcohol . Como todos sabemos lo anterior no se cumple y se hace en muchísimos casos con el visto bueno, cuando no el patrocinio, de los acudientes.
Frente a lo anterior, hay que tener en cuenta la presencia en Colombia de una subcultura que tiene mucha difusión que sugiere que el más “vivo” es el que mejor incumple la ley: el que se pasa mejor los semáforos en rojo, el que soborna por menos dinero al policía y cosas de este estilo. Lo que olvidan es que las leyes más allá de estar hechas para ser cumplidas están para proteger a los ciudadanos de sus congéneres y las leyes en contra del consumo de alcohol en menores también tienen esa intención y son de obligatorio cumplimiento para todos los ciudadanos y esto no es un asunto sólo de las autoridades sino que compete principalmente a las personas que permiten que los menores bajo su cuidado consuman estos productos y en algunos casos se lo proporcionan ellos mismos.
Aparte de la responsabilidad parental es conveniente resaltar la de los vendedores de alcohol que no tienen reparo en vender licor a los menores: más allá de la ilegalidad y de los castigos acarreados por tal conducta, está la responsabilidad social que debe pesar sobre ellos al facilitar el acceso al alcohol a cambio de pequeñas ganancias. Según datos suministrados por el diario El Tiempo “El 87 % de los adolescentes aseguran haber adquirido el trago sin ningún problema en tiendas, el 54% en supermercados y el 55,6% en las cigarrerías. Un número importante de encuestados dijo haber tenido acceso a él en su propia casa”.
Queda entonces el sinsabor de que las leyes que regulan estos comportamientos no están funcionando, no porque sean malas en sí mismas, sino porque no se han aplicado seriamente a pesar de que el problema crece en nuestras ciudades y que tiene, y tendrá, serias repercusiones sobre nuestros jóvenes. Las autoridades competentes y la sociedad en general deben comenzar a actuar teniendo en cuenta que es un problema complejo que exige y merece mucho esfuerzo y que debe vincular no solamente la parte coercitiva sino movilizar a la sociedad para que cambie y controle los patrones de consumo de alcohol de los jóvenes. No puede pensarse que sin un esfuerzo de ese tipo toda intervención estatal será en vano.
Octubre 10 de 2010